Los sueños

Por Óscar Dávila Jara (Moralito)

Porfirio salió de la cantina y se fue caminando por el callejón, sintiendo que el brillo de las estrellas le acariciaba la espalda. Llegó a la esquina del mesón y se sentó en la piedra enterrada, sacó un cigarro y se lo puso en la boca, y así permaneció, respirando el aire fresco de la noche, con olor a corrales y jaras del río. Las campanadas del templo dieron las dos de la mañana y encendió el cigarro, aspiró tragando el humo y soltándolo despacio, tratando de adivinarlo en la obscuridad. Horas antes en la cantina, había estado observando a Mateo Santos, viéndolo vivir uno de sus sueños. Porfirio siempre envidió a Mateo Santos, más que a Mateo a sus sueños, pues era bien sabido que soñaba todo lo que quería. Mateo soñaba con hembras y conseguía a todas las que deseaba, cuando soñaba con la muerte moría algún enemigo, por eso Porfirio envidiaba sus sueños. Porfirio había tenido un sueño, un sueño de sueños en donde supo que los sueños de otro se obtienen matándolo, por eso se encontraba en la piedra, esperando. Cerca de las tres lo oyó venir, cantando y arrastrando las espuelas. No lo vio pero lo imaginó borracho y envuelto en su gabán como lo había visto antes. Porfirio se levantó y aguzó la vista, bajó de la banqueta y se paró en medio de la calle, en silencio. Cuando ya estaba cerca, Mateo lo sintió y se detuvo, vio la silueta de Porfirio y avanzó lentamente. En la noche no se veían los rostros, sólo escuchaban sus respiraciones y por ellas supieron que empezaba la pelea. Prepararon sus cuerpos y sacaron los cuchillos. Se encogieron y echaron los brazos hacia adelante, midiendo el espacio. Dieron unos pasos laterales y a un tiempo acometieron chocando sus brazos y sus cuerpos, forcejeando y saltando hacia atrás para salir del alcance de los cuchillos y de nuevo lanzando el brazo armado y cortando el aire. Porfirio estaba sereno, sudando, y Mateo desconcertado, viviendo un sueño que no había soñado, tratando de soñar en ese instante. Cerró los ojos para buscar alguna imagen y el cuchillo lo alcanzó en el cuello. Sólo encontró sombras. La sangre caliente le salpicó a Porfirio la cara, retrocedió y vio caer la sombra de Mateo, sintió como se sacudía en el suelo y se acuclillo y le dijo – Estás muerto Mateo – . Llegó a su casa y se tiró en la cama, desde ese día soñó lo mismo. Cada noche Porfirio soñó que lo mataban.

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