La construcción del futuro

Por Óscar Dávila Jara (Moralito)

Cuando por el acercamiento del sol, se incrementó la temperatura de la tierra y se inició el deshielo de los polos, los hombres de ciencia de todo el mundo se reunieron a estudiar las posibilidades de supervivencia de la humanidad. Las bases del estudio consideraban preservar la vida humana en ciudades acuáticas y con filtros solares artificiales. A partir de esto, se inició la gran cruzada de construir ciudades y espacios de desarrollo que permitieran mantener la vida de hombres, animales y plantas. Al mismo tiempo que las aguas fueron cubriendo la superficie del planeta, las metrópolis del mar fueron floreciendo, dando muestras del ingenio y de la capacidad de los científicos que habían proyectado las nuevas alternativas de vida. Lograron producir los alimentos y la energía necesarios para continuar con la evolución en el medio marino. La cultura modificó sus principios, la moral creó nuevos preceptos y se inició el culto a los hombres de ciencia de todo el mundo, los cuales fueron instituidos en una jerarquía que estaba exenta de cualquier labor productiva, de manera que pudieran dedicarse al esparcimiento y disfrute de la vida. Sin embargo, la naturaleza había seguido su curso y las fuerzas de atracción que empujaron al sol en un tiempo, se disiparon haciendo que éste volviera a su órbita original con una velocidad mayor que aquella con la que la había dejado. Inmediatamente la tierra comenzó a dar muestras de las nuevas condiciones climatológicas, mismas que no fueron predichas por el otrora selecto grupo de genios, que en una de las ecuaciones de su modelo del comportamiento del sistema solar, por la imposibilidad de ensayar un fenómeno de traslación de galaxias, supusieron un factor que afectaba en una millonésima de segundo el resultado de la función analizada en su cuadrante positivo. Esta suposición insignificante, al momento de analizarla en el sentido inverso, arrojaba resultados aterradores. La conclusión del cálculo indicaba que los polos volverían a su anterior condición rápidamente y se estimaba que la tierra emergería en seis meses. Los científicos retornaron apresuradamente a sus actividades, tratando de elaborar un programa de emergencia que permitiera organizar las fuerzas productivas en las nuevas condiciones. Sin embargo, debido a la gran capacidad del mar para generar alimentos, en los últimos cuarenta y cinco años la población se había incrementado en un cien por ciento, lo que hacía que la situación actual fuera más crítica. En este estado de cosas, el nivel del agua descendió descubriendo montañas y valles, mismos que se encontraban cubiertos de fango, haciéndolos improductivos en el corto plazo. Por otro lado, toda la maquinaria existente estaba diseñada para medios acuáticos y en el mejor de los casos aéreos, asimismo, la cultura del uso de la tierra era desconocida por las nuevas generaciones y se encontraba olvidada por las viejas. Los científicos trabajaban a marchas forzadas, sin embargo, la velocidad de la hambruna, era superior. No se podría decir que existía escasez de viviendas, simplemente no las había y por otro lado el nuevo medio terrestre era hostil con viejas enfermedades que se habían erradicado en la vida marina. Pasó el tiempo y cuando finalmente florecieron de nuevo las plantas y los pergaminos del nuevo plan emergente estuvieron listos, murió el último hombre sobre la faz de la tierra.

 

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