Por Saúl Dávila Huízar
De todas mis preguntas,
de todas mis respuestas,
¿Habrá alguna en la que no hayas estado?
Cuando quise escapar ya no me fue posible. Te di un solo boleto para que tu regreso tardara tanto como el tiempo en consumirse. Tú habrías preguntado si era fuerza que hubiese un adiós, como en todas las historias de amor que se precian de serlo, y yo entonces sin una respuesta, sólo te miré, queriendo ver a través de ti todos los años que no serían para nosotros; y traté de sonreír, con esa sonrisa que tú bien conoces y que alguna vez recordaste. El tren silbó y el último recuerdo, tu último recuerdo, fue esa mirada triste girando hacia mí, buscando descifrar que era lo que estábamos perdiendo. Las batallas vienen juntando las palabras de odio, y me llevan de la mano hasta otros confines que nunca supieron del miedo de inventar los sueños, y de olvidar las pesadillas que ensombrecen los días en la pesada carga de vivir con ellas. Sólo cuando te fuiste se abrieron los cielos dejando entrever el verdadero camino hacia el infierno, porque no volví a soñar con mi dios, ni a mi mesa llegaban sus bendiciones, sólo escuché tu voz, como el canto de una sirena, que me llevó ciego de amor hacia el acantilado donde me despeñé para darte mi corazón envuelto en llanto. Sigue leyendo